Una de las preguntas más difíciles de responder es:
¿Por qué, en algunos momentos, la terapia grupal puede ser más adecuada para mí que la terapia individual?
No es una respuesta sencilla si nunca has vivido la experiencia de un grupo terapéutico.
Los factores terapéuticos más conocidos son la universalidad (descubrir que no estamos solos en lo que nos ocurre), el poder terapéutico de la comunicación y las nuevas experiencias emocionales que se viven dentro del grupo.
Pero hay un aspecto menos conocido y, en mi opinión, especialmente valioso.
En un grupo no solo hablamos de nuestras relaciones: las vivimos. Y precisamente porque las vivimos, podemos comprenderlas y transformarlas.
Sin darnos cuenta, tendemos a relacionarnos con los demás del mismo modo en que lo hacemos fuera del grupo. Repetimos nuestros patrones habituales de vinculación, nuestras formas de acercarnos, alejarnos, protegernos o pedir ayuda.
Eso convierte al grupo en un espacio privilegiado para comprender qué hay detrás de esas formas de relacionarnos. Con la ayuda del terapeuta y de los demás participantes, podemos identificar esos patrones, entender su origen y empezar a ensayar maneras más saludables de vincularnos.
El proceso suele seguir una secuencia como esta:
- Actúo como suelo hacerlo en mis relaciones.
- Gracias a la experiencia del grupo y a la retroalimentación de los demás, comprendo cómo esa forma de relacionarme influye en los otros y en mí mismo.
- Empiezo a asumir que tengo un papel activo en la forma en que construyo mis relaciones.
- Empiezo a experimentar maneras diferentes de vincularme y descubro que también puedo llevarlas a mi vida cotidiana.
En septiembre comenzaré un grupo de terapia presencial en inglés, en el centro de Barcelona, dirigido a personas que quieran comprender mejor sus patrones relacionales y favorecer cambios que mejoren su bienestar y sus relaciones.
Si al leer estas líneas has pensado en alguien a quien esta experiencia podría ayudar, te agradeceré que compartas esta publicación.



